María Mauldin
Soy el cerebro de su hijo, y funciono como un radar encendido que no tiene botón de apagado. Mientras ustedes leen esta línea, yo ya les reporté el zumbido de la lámpara, la etiqueta que le roza la nuca a su hijo y la silla que alguien arrastró dos cuartos más allá. No lo elijo: me llega todo, y todo a la vez.Ese colapso de su hijo al llegar de la escuela no fue porque no quiso hacer la tarea. Fue porque, después de seis horas de ruido, luces y gente pidiéndole cosas, mi batería sensorial llegó a cero. Ese rechazo a ponerse la camisa no fue terquedad: yo reporté la etiqueta como papel de lija contra la piel. Casi todas mis tormentas empiezan así, con una sobrecarga que desde afuera no se ve.En estas páginas les explico cómo está armado mi radar, por qué mi filtro tiene agujeros y cómo se gasta mi batería. Después les cuento qué me llega por cada uno de mis ocho canales: los ojos, los oídos, la piel, la nariz, la boca, el equilibrio, el mapa del cuerpo y las señales de dentro. Y al final les muestro qué pasa cuando todo entra a la vez, qué ambientes me abruman, cómo crear espacios que no me saturen, qué despierta, ordena y calma a su hijo, y qué no ayuda aunque se haga con cariño. También encontrarán una guía de escenarios para los momentos difíciles y una página para empezar hoy mismo, si no tienen fuerzas para leer el libro entero.Lo que cuento sirve para niños de cuatro a doce años. No vengo a ponerle a su hijo un nombre clínico ni una lista de síntomas: lo que siente es real, así le llega el mundo. Cuando le creen sin discutir, dejo de gastar en insistir y me queda energía para todo lo demás.Este es el segundo de los cuatro libros de la serie Cerebros Intensos, y se puede leer sin haber leído el primero. Bienvenidos a mis días ruidosos.